Neltume Centro

CLAVES PARA ENFRENTAR EL DUELO

Por Gustavo Minder H.

Psicólogo Clínico

Director Neltume Centro

Producto de la Cuarentena asociada a la Pandemia del COVID19 se vuelve necesario tocar uno de los temas más delicados de nuestra humanidad. Pensar en que moriremos a los 90 años es igual de irracional que pensar que nos moriremos pronto.  Si bien, sabemos que la muerte es la única certeza en nuestra vida, su aparición es todo un misterio y puede sorprendernos. Es por esto que es “normal” y “esperable” que no sepamos como reaccionar ante ella y nos cueste adaptarnos a este cambio. Lamentablemente con esta crisis sanitaria estamos aún más en incertidumbre frente a la muerte. 

 

Si haz experimentado la perdida de un ser querido en tu vida o en este último tiempo, o si alguien importante para ti esta viviendo esta experiencia. Éste blog es para ti. Desde la comprensión y entendimiento de los fenómenos humanos, podemos encontrar respuestas y consuelo para sobrellevar estas situaciones. 

 

El duelo es el proceso de adaptación emocional que sigue a cualquier pérdida. Aunque convencionalmente se ha enfocado la respuesta emocional de la pérdida, el duelo también tiene dimensión física, cognitiva, filosófica y de la conducta que es vital en el comportamiento humano y que ha sido muy estudiado a lo largo de la historia. En la actualidad se encuentra en discusión el tema de si otras especies también tienen sentimientos de duelo como los seres humanos, y en algunas de ellas se ha observado comportamientos peculiares ante la muerte de otros animales.

 

Específicamente ante la muerte de un ser querido, la forma en que los seres humanos expresamos el duelo está estrechamente relacionada con la cultura a la que pertenecemos (por ejemplo vestirse de negro), a las situaciones que rodean dicha pérdida, a la edad de las persona que fallece y si dicha muerte fue anticipada (por ejemplo en personas enfermas) o repentina (por ejemplo las muertes violentas). 

Doug Manning señala que “El duelo es tan natural como llorar cuando te lastimas, dormir cuando estás cansado, comer cuando tienes hambre y estornudar cuando te pica la nariz. Es la manera que tiene la naturaleza de sanar un corazón roto”. 

 

El filósofo Horacio afirmaba que, “En la adversidad, salen a relucir recursos que de otra manera no hubieran aparecido”.  En líneas generales, podríamos decir que, el duelo se define como el proceso normal y necesario de adaptación a una pérdida. Un proceso de aprendizaje, desarrollo y crecimiento en el que se involucran todas las facetas del ser humano, no sólo lo emocional, sino también lo cognitivo, lo conductas, los valores y el significado profundo de identidad. 

“Las pérdidas son la sobra de todas las posesiones, materiales e inmateriales”

Carlos Sluzki

¿QUÉ ES LA PÉRDIDA? 

 

 En nuestras conversaciones cotidianas, solemos relacionarla con: 

 

Privación de algo que hemos tenido (como cuando perdemos a un amigo). 

Fracaso para conservar o conseguir algo que tiene valor para nosotros (como cuando nos roban). 

Disminución mensurable de alguna sustancia o proceso (como cuando perdemos alguna capacidad). 

Destrucción o la ruina (como en las pérdidas que provocan la guerra… o una pandemia). 

 

Aunque el dolor por la pérdida de algo que amamos y ya no tenemos es una parte natural del viaje de la vida, puede poner en tela de juicio nuestra forma de vida, haciéndonos sentir confusos e inseguros, sin saber cómo avanzar en el territorio desconocido en el que nos ha dejado la pérdida. 

LA EXPERIENCIA DE LA PÉRDIDA

 

Una mujer de mediana edad se queda viuda tras el repentino ataque al corazón de quien había sido su marido durante los últimos 20 años, quedando a cargo de tres niños de corta edad. Unos jóvenes padres quedan desconsolados tras la inexplicable <muertes súbita> de su bebé. Una familia se ve obligada a mudarse cuando un incendio destruye su casa. 

 

Las pérdidas provocadas por sucesos como éstos son sólo las más evidentes de las que podemos sufrir a lo largo de nuestras vidas. Otras son más sutiles, están más <escondidas> o no gozan de una definición social tan clara.

 

– Un ejecutivo se deprime y no deja de preguntarse qué es lo que ha hecho mal cuando pierde su trabajo a causa de los “recortes” de su compañía. 

– Un chico se siente traicionado y se disgusta cuando su novia le deja por otro. 

– Una madre soltera lamenta la pérdida de su hijo nonato después de un aborto espontáneo. 

– Una familia ve cómo la evitan y la estigmatizan tras el suicidio de uno de sus miembros. 

– Un niño se enfada y se siente dolido cuando sus padres intentan aliviar el dolor que siente por la muerte de su mascota regalándole otra.

El dolor que provoca este tipo de pérdidas puede verse agravado por la incomprensión, el sentimiento de culpa o la simple falta de atención de las personas pertenecientes al entorno social de los afectados, ya sea éste la familia, el puesto de trabajo o la comunidad, haciendo aún mayor la carga de angustia, secretismo o culpabilidad de aquellos cuyo dolor no se permite, se trivializa o no se reconoce. 

 

En cierto modo, perdemos algo con cada paso que avanzamos en el viaje de la vida, cosas que van desde las más concretas, como personas, lugares u objetos, hasta las más inmateriales, pero no por ello menos significativas, como la juventud o los sueños e ideales que se desvanecen cuando nos enfrentamos a las duras <realidades> de la vida.

¿SÓLO EXPERIMENTAMOS PÉRDIDA ANTE SITUACIONES NEGATIVAS? La respuesta es NO. 

Cuando ascendemos en nuestro trabajo, generamos tensión con las amistades que habíamos establecido. En el nacimiento de un hijo se privan libertades de los padres. La admisión de un hijo en la universidad enfrenta a los padres a la soledad del “nido vacío”. 

Aunque raramente nos paremos a pensarlo, la vida nos obliga a renunciar a todas las relaciones que apreciamos, ya sea a raíz de separaciones, cambios de domicilio o de las muertes de otras personas o de nosotros mismos. Cada una de estas pérdidas inevitables va acompañada de su propio dolor y nos afecta de una manera particular. 

 

“Todo cambio implica una pérdida, del mismo modo que cualquier

pérdida es imposible sin el cambio”.

¿QUÉ ES EL DUELO?

 

Gran parte de lo que sabemos sobre la respuesta humana ante la pérdida proviene de investigaciones realizadas sobre adultos que han perdido un ser querido a través de la muerte. Al menos en estos casos de pérdida profunda e irremediable, los afectos parecen compartir ciertas reacciones, sentimientos y procesos de curación, aunque también hay variabilidad importante que depende de cada persona, de su forma de afrontar la adversidad y de la naturaleza de la relación que mantenía con la persona desparecida. Por este motivo, el hecho de hablar de “etapas” de los procesos de duelo puede inducir a error, ya que da a entender que todos los afectados siguen el mismo itinerario en el viaje que lleva a la separación dolorosa a la recuperación personal. Y la verdad es que cada uno lleva su propio proceso, dinámico, cambiante. Sugiriendo hablar de FASES más que de ETAPAS. 

EVITACIÓN

 

Especialmente en los casos de muertes acompañadas por un “duelo intenso” que violan nuestras expectativas sobre la continuidad de la vida de un ser querido, la realidad de la pérdida puede ser imposible de asimilar y podemos sentirnos conmocionados, aturdidos, presos del pánico o confusos en un primer momento, lo que puede dificultar o evitar la planta consciencia de una realidad que resulta demasiado dolorosa de asimilar. 

 

Al enfrentarnos a la dureza de la noticia de la muerte podemos reaccionar con un “¡Dios mío! ¡No puede ser verdad! Tiene que haber algún error. ¡Pero si hace unas hora estaba hablando con él tranquilamente!. Cuando las circunstancias que rodean a la muerte son ambiguas (como cuando se supone que la persona ha muerto en un accidente aéreo pero no se ha encontrado su cuerpo), los sobrevivientes suelen aferrarse a la esperanza de que su ser querido ha sobrevivido contra todo pronostico, hasta que se hace inevitable la aceptación de la triste realidad. Incluso cuando la muerte es obvia y se reconoce desde un principio, seguimos comportándonos como si la persona aún estuviera viva, creyendo en ocasiones que vemos su cara entre la multitud, para volver a sentir la punzada del dolor cuando nos damos cuenta de que se trata de otra persona.

 

A pesar de lo confusas que pueden ser estas experiencias, son reacciones normales ante la pérdida y ponen de manifiesto nuestras dificultades para asimilar plenamente la noticia e una pérdida traumática que nos cambia y empobrece irremediablemente. 

 

Físicamente, un individuo que se encuentra en la fase de Evitación puede tener sesiones de aturdimiento o “irrealidad”, oír las voces de los demás como si estuvieran muy lejos y sentirse distanciado o separado de su entorno más cercano. A niveles conductuales, puede parecer desorganizado y distraído, incapaz de llevar a cabo las actividades más rutinarias de la vida cotidiana, desde hacer la lista de compra hasta pagar las facturas. 

 

A medida que vamos siendo más conscientes de la realidad de la pérdida, empieza a emerger las reacciones emocionales más vívidas, que a menudo incluyen protestas airadas contra quienes creemos responsables de la muerte: los médicos, el conductor borracho que provocó el accidente, el propio difunto o incluso Dios.

 

En muchos de los sobrevivientes a la muerte de un ser querido, este tumulto de emociones es evidente para quienes lo rodean, provocando en ocasiones incomprensión y distanciamiento cuando dirigen su irritabilidad o resentimiento hacia aquellos que creen “mas afortunados”. En otros, el caos de emociones que emerge cuando la evitación se deteriora constituye un drama privado que sólo ellos conocen, ya que intentan controlar sus expresiones emocionales en presencia de otras personas. 

 

En la mayor parte de nosotros la punzante consciencia del dolor, público o privado, va acompañado por una aparente negación de la realidad de la muerte; en un determinado momento nos comportamos como si la pérdida nunca hubiese sucedido y una hora después nos vemos invadidos del dolor y la angustia. En cierto modo, centrarse constantemente en la realidad de la pérdida sería como mirar fijamente al sol; nos quedaríamos ciegos si lo hicieramos demasiado tiempo. 

 

Lo que solemos hacer es empezar a acostumbrarnos a la pérdida de manera gradual, contemplándola y mirando después hacia otro lado, hasta que se convierta en algo innegable real y empezamos a entender las implicaciones emocionales que tiene para nuestro propio futuro.

 

“Un día estaba en un centro comercial cuando vi a Juan caminando delante de mi. Se trataba de un hombre con el pelo blanco y su misma constitución, que llevaba una camisa deportiva igual a las que siempre llevaba él. Me sobresalté or un instante… y no pude evitar acercarme para verle la cara, aunque me pareciera una locura”. 

Macarena, 64 años. 

 

“Cuando me pidieron por primera vez que identificara el cuerpo de mi hermano después del accidente, no pude hacerlo. Su cabeza había quedado torcida hacia atrás y los ojos se le habían salido de las órbitas […] No pude reconocer a Ricardo en ese cuerpo. Me sentía como si estuviera en una nube; todo estaba nublado y yo estaba aturdido, como si nada fuera real. Y seguía sintiéndome raro y distanciado durante algunas horas más”.
Marcos, 37 años. 

ASIMILACIÓN 

 

A medida que vamos absorbiendo gradualmente el impacto de la pérdida en los días y semanas que siguen a su aparición, empezamos a preguntarnos: “¿Cómo voy a poder seguir viviendo sin esta persona a la que tanto quería?”. Después de quedar desprotegidos por la conmoción y una vez externalizadas nuestra ira y evitación, empezamos a experimentar la soledad y la tristeza con toda su intensidad, aprendiendo las duras lecciones de la ausencia de nuestro ser querido en miles de los contextos de nuestra vida cotidiana. Dos veces al día, ponemos un plato menos en la mesa.

 

Dormimos solos cada noche. No encontramos a nadie con quien entablar una conversación casual y hablar de cómo nos ha ido el día después de volver a casa del trabajo. Compramos juguetes para el hijo de otra persona después de haber perdido al nuestro. Cuando el difunto ha sufrido mucho antes de morir, por ejemplo, después de una larga lucha contra el cáncer, la añoranza y el dolor que sentimos pueden verse moderados por una sensación de alivio, pero también pueden ser matizados por el sentimiento de culpa que acompaña al hecho de haber «deseado» inconscientemente su muerte para mitigar su dolor y nuestro propio agotamiento.

 

Ante esta profunda desesperación, solemos limitar nuestra atención y nuestras actividades, distanciándonos del mundo social más amplio y dedicando cada vez mayor atención a la absorbente «elaboración del duelo» que debemos hacer para adaptarnos a la pérdida.

 

Aparecen imágenes intrusivas o reflexiones sobre la persona desaparecida, combinadas con pesadillas sobre su muerte o sueños sobre su regreso, sólo para que nuestras esperanzas inconscientes de reencuentro acaben estrellándose contra la cruda realidad de otro día en soledad. 

 

Esta etapa suele ir acompañada frecuentemente de síntomas depresivos, que incluyen la tristeza invasiva, los períodos de llanto impredecible, los trastornos persistentes del sueño y del apetito, la pérdida de motivación, la incapacidad para concentrarse o disfrutar con el trabajo o la diversión y la desesperanza respecto al futuro. Tampoco son raras la ansiedad y las sensaciones de irrealidad, que pueden llegar a manifestarse en forma de experiencias «alucinatorias» de la presencia del ser querido.

 

El estrés prolongado característico de esta fase también puede pasarle factura a nuestra salud física. Son frecuentes el nerviosismo, las sensaciones de embotamiento, las náuseas y los trastornos digestivos, así como las quejas corporales difusas de dolor que pueden venir en «oleadas» de varios minutos o incluso horas de duración. Algo más preocupante es el hecho de que el estrés constante de los sistemas inmunológico y cardiovascular puede acentuar su susceptibilidad a las enfermedades o provocar fallos cardíacos en casos extremos, lo que daría una explicación al aumento de la mortalidad en los años posteriores a la pérdida. Sin embargo, afortunadamente, la mayoría de las personas que han sufrido una pérdida superan este estrés fisiológico a medida que van asimilando gradualmente la realidad de su pérdida y encuentran maneras de seguir adelante con sus vidas.

 

“Al principio pensé que me estaba volviendo loca cuando me desperté una noche y vi a mi marido, que había muerto, sentado al borde de la cama y diciéndome: <Todo va a estar bien>. Pero el hecho de poder sentir que él aún estaba conmigo me consoló de un modo muy extraño y algunas de mis amigas viudas me dijeron que habían tenido experiencias similares”.
María, 66 años. 

 

“Cuando murió mi mujer, perdí peso, mucho peso. No era capaz de interesarme por nada, ni siquiera comer. Era como si hubiera perdido las ganas de vivir. Pasó un tiempo hasta que volví a prestar atención a mi salud y empecé a hacer lo que debía”. 

Jorge, 42 años.

ACOMODACIÓN

 

Finalmente, la angustia y la tensión características de la fase de asimilación empiezan a ceder en la dirección de una aceptación resignada de la realidad de la muerte a medida que empezamos a preguntarnos: «¿Qué va a ser de mi vida ahora?». 

 

Aunque en la mayoría de nosotros la añoranza y la tristeza siguen presentes meses o años después de la muerte, nuestra concentración y funcionamiento suelen mejorar. De manera gradual, vamos recuperando un mayor nivel de autocontrol emocional y nuestros hábitos de alimentación y descanso vuelven a la normalidad. Al igual que sucede en todas las fases del ciclo del duelo, en ésta tampoco se avanza de manera regular, sino que más bien se dan «dos pasos adelante y un paso atrás», y los lentos esfuerzos por reorganizarse se ven salpicados por la dolorosa conciencia de la pérdida.

 

A medida que van desapareciendo los síntomas físicos, vamos recuperando nuestra energía en cortas explosiones, que van seguidas de períodos más largos de actividades dirigidas al logro de objetivos. Esto nos permite empezar el largo proceso de reconstrucción del mundo social que ha quedado destrozado tras la pérdida no «reemplazando» a la persona fallecida, sino ampliando y fortaleciendo un círculo de relaciones que encajen con la nueva vida a la que tenemos que adaptarnos. A lo largo de este período podemos sentir las punzadas de la tristeza y de los sentimientos de culpa, como cuando una joven viuda explora las relaciones con otros hombres o cuando una pareja decide «volver a intentarlo» después de que su hijo haya muerto al nacer. 

 

En muchos casos, es necesario mantener este difícil equilibrio entre el recuerdo del pasado y la inversión en el futuro durante el resto de nuestras vidas, cosa que exige la realización de continuos reajustes que exploraremos con más detalle en el siguiente capítulo. De todos modos, puede ser útil examinar antes brevemente el curso que suele seguir la adaptación en los dos primeros años que siguen a una muerte o pérdida significativa como forma de normalizar la experiencia y permitir una anticipación más realista de su duración.

 

“Sé que hay algunas cosas concretas que tengo que hacer y que he estado evitando. Las he evitado porque sé que concentrarían mis emociones y las haría salir a la superficie y, como el dolor era excesivo, no quería hacerlas […] Tengo que <despedirme> de mi padre visitando la barca que construyó con sus propias manos. Simboliza gran parte de su vida, sus sueños y esperanzas, las cosas que más admiraba de él. En estos momentos tiene mucho más que ver con <Él> que la tumba que él mismo construyó en nuestra casa familiar. Pero lo he estado evitando, aunque sé que tengo que hacerlo. Y creo que ya estoy casi preparada”. 

Cristina, 42 años. 

¿DURANTE CUÁNTO TIEMPO ES NORMAL LAMENTAR UNA PÉRDIDA?

 

Los procesos de adaptación generales ante cambios inesperados podrían tomar 3 meses aproximados para adaptarse. Con eso me refiero a situaciones “triviales” de la vida. No obstante, frente a la muerte de un ser querido, es probable que este proceso pueda extender por 2 años para obtener cierta tranquilidad y normalidad. 

 

“Mis amigos esperaban que hubiera superado la pérdida de mi hijo en una semana, dos semanas como mucho, y un mes ya era un poco excesivo. Muchos me preguntaban: ¿Aún no lo has superado?”. 

Tomás, 32 años. 

 

“Cuando Roberto falleció, muchos de mis amigos no me entendían. Era como si esperaran que ya estuviera <bien> en una semana después del funeral. Después de un tiempo comprendí que necesitaban que yo estuviera <bien> porque no sabían cómo relacionarse conmigo si no lo estaba”. 

Renata, 57 años.

FASES DEL DUELO

 

SHOCK: Es un mecanismo de defensa que protege ante la amenaza de un dolor psíquico. Éste mecanismo protector da a la gente tiempo y oportunidad de absorber la información. 

NEGACION: Durante esta etapa, la realidad de la muerte no ha penetrado totalmente en la conciencia de la persona. Es un período de entumecimiento e incredulidad y se vive durante las primeras semanas después de la muerte del ser querido.

MIEDOEn esta fase se experimenta un miedo a enfrentar la vida sin el ser querido. Al deshacerse de las pertenencias, el recordar los sucesos dolorosos, el miedo a quedarse solo. Este período manifestará fobias, paranoia, etc.

CULPA: Pocos sobrevivientes escapan a algún sentimiento de culpabilidad.

RABIAEsta es una fase de desorganización. Son experiencias que pueden asustar mucho por su temor a “Volverse Loco”. Se manifiesta una agresividad con auto-reproches pérdida de la seguridad y autoestima. Esta rabia puede ser dirigida contra usted mismo, contra Dios, contra médicos ó con otras personas que estuvieron cerca de usted. Es necesario que acepte que esta enojado.

DEPRESION: Casi siempre llega después del shock y la rabia. Les envuelve un sentimiento total de desesperanza y hasta la pérdida del deseo de seguir viviendo. También se manifiesta ansiedad.

ACEPTACION: Casi la etapa final del duelo en donde los hábitos alimenticios y el sueño, volverán a la normalidad. El dolor será menor y ya no recordará tan seguido a su ser querido. Se experimentará tristeza, pero la sensación será menos fuerte. No se atribula ni se desespera, simplemente permanece tranquilo.

ESPERANZA: En esta fase, volverá a sentir alegría y amor por la vida, por una vida completa y normal. Sabrá que es capaz de enfrentar y ganarle a cualquier dificultad, se siente seguro y valiente, pero NUNCA SERA EL MISMO DESPUÉS DE ESTE SUFRIMIENTO, USTED MADURARA.

CRONOLOGÍA DEL DUELO

 

La enorme variabilidad del duelo depende de las características de la persona en duelo, su situación personal y antecedentes, de “quien” es la persona fallecida para el doliente, de las causas y circunstancias de su fallecimiento, de las relaciones socio-familiares, y de las costumbres sociales, religiosas, etc. de la sociedad en la que vive. A pesar de toda esta enorme variabilidad se puede describir a grandes rasgos la evolución del duelo a lo largo del tiempo, para ello fragmentamos artificialmente el proceso de duelo en fases o períodos que reúnen unas características y nos ayudan a entender lo que sucede en la mente del doliente:

 

1. Duelo anticipado (pre-muerte). Es un tiempo caracterizado por el shock inicial ante el diagnóstico y la negación de la muerte próxima, mantenida en mayor o menor grado hasta el final; también por la ansiedad, el miedo y el centrarse en el cuidado del enfermo. Este período es una oportunidad para prepararse psicológicamente para la pérdida y deja profundas huellas en la memoria.

 

2. Duelo agudo (muerte y peri-muerte). Son momentos intensísimos y excepcionales, de verdadera catástrofe psicológica, caracterizados por el bloqueo emocional, la parálisis psicológica, y una sensación de aturdimiento e incredulidad ante lo que se está viviendo. Es una situación de auténtica despersonalización.

  

3. Duelo temprano. Desde semanas hasta unos tres meses después de la muerte. Es un tiempo de negación, de búsqueda del fallecido, de estallidos de rabia, y de intensas oleadas de dolor y llanto, de profundo sufrimiento. La persona no se da cuenta todavía de la realidad de la muerte

 

4. Duelo intermedio. Desde meses hasta años después de la muerte. Es un tiempo a caballo entre el duelo temprano y el tardío, en el que no se tiene la protección de la negación del principio, ni el alivio del paso de los años. Es un periodo de tormentas emocionales y vivencias contradictorias, de búsqueda, presencias, culpas y autorrepoches,… donde continúan las punzadas de dolor intenso que llegan en oleadas. Con el reinicio de lo cotidiano se comienza a percibir progresivamente la realidad de la pérdida, apareciendo múltiples duelos cíclicos en el primer año (aniversarios, fiestas, vacaciones..) y la pérdida de los roles desarrollados por el difunto (confidente, amante, compañero, el chapuzas, …). Es también un tiempo de soledad y aislamiento, de pensamientos obsesivos,… A veces es la primera experiencia de vivir sólo, y es frecuente no volver a tener contacto físico íntimo ni manifestaciones afectivas con otra persona. Se va descubriendo la necesidad de descartar patrones de conducta previos que no sirven (cambio de estatus social) y se establecen unos nuevos que tengan en cuenta la situación actual de pérdida. Este proceso es tan penoso como decisivo, ya que significa renunciar definitivamente a toda esperanza de recuperar a la persona perdida15. Finalmente los períodos de normalidad son cada vez mayores. Se reanuda la actividad social y se disfruta cada vez más de situaciones que antes eran gratas, sin experimentar sentimientos de culpa. El recuerdo es cada vez menos doloroso y se asume el seguir viviendo. Varios autores sitúan en el sexto mes el comienzo de la recuperación, pero este período puede durar entre uno y cuatro años.

 

5. Duelo tardío. Transcurridos entre 1 y 4 años, el doliente puede haber establecido un nuevo modo de vida, basado en nuevos patrones de pensamiento, sentimiento y conducta que puede ser tan grato como antes, pero sentimientos como el de soledad, pueden permanecer para siempre, aunque ya no son tan invalidantes como al principio. Se empieza a vivir pensando en el futuro, no en el pasado.

 

6. Duelo latente (con el tiempo…) A pesar de todo, nada vuelve a ser como antes, no se recobra la mente preduelo, aunque sí parece llegarse, con el tiempo, a un duelo latente, más suave y menos doloroso, que se puede reactivar en cualquier momento ante estímulos que recuerden…

Ya entendimos el duelo, pero… ¿CÓMO ENFRENTARLO?

 

MANEJO DE EMOCIONES 

Si bien es un hecho que se pudieran producir efectos negativos a nivel físico, emocional y laboral, por otra parte, cuando se trabajan las emociones, se puede transformar en un proceso de crecimiento personal, en donde se adquieren nuevas habilidades para enfrentar de forma exitosa los retos que se presentan cotidianamente.

 

Las emociones más importantes de manejar ante el duelo son; el miedo, la rabia y la culpa

MIEDO

 

El miedo es un sentimiento de incomodidad ante un peligro que es real o imaginado. Se sabe que cada uno de nosotros experimenta miedo con frecuencia. En el ser humano, el miedo generalmente involucra un conjunto de cogniciones, actitudes y creencias sobre el mundo, que utiliza para valorar algo que le ha ocurrido, con el objetivo de proveerse de seguridad o sobrevivir a una crisis.

 

La gran mayoría de las personas tiene miedo de algo. A veces se trata de miedos inapropiados o irracionales. En otras ocasiones tenemos buenas razones para estar asustados; pero en ambas este sentimiento reduce nuestra capacidad de actuación, nos convence de que es mejor no intentarlo.

 

Una decisión no reflexionada, un arranque de ira o una actitud dócil ante la vida puede estar reflejando realmente un profundo temor: a ser rechazado(a), a no ser valorado(a), a ser lastimado(a) o a ser abandonado(a).

 

Los hechos de la vida que nos ponen cara a cara con nuestros temores, suceden para darnos la oportunidad de enfrentarlos y aprender de ellos. Los malos momentos no son para “saltarlos”, sino para “encararlos” y convertirlos en una experiencia de vida.

 

Si no observamos la relación entre el miedo y algunas de las decisiones que tomamos, será imposible integrar y superar, lo cual significa, permitirse sentir, experimentar, porque curiosamente lo que nos da miedo, sólo puede ser integrado o superado si permitimos que suceda.

 

Para saber dónde residen tus temores, pregúntate qué no te has permitido sentir, en qué no deseas pensar, qué evitas hacer, qué te lleva a posponer decisiones que has tomado desde hace mucho tiempo, y quizás allí encuentres algunas respuestas.

 

Permitirse sentir el miedo, puede significar que la experiencia no sea agradable; pero en esos momentos es importante recordar que se debe tener paciencia con uno mismo y aceptar nuestra vulnerabilidad.

 

La condición humana es la vulnerabilidad, vivir cada día sin expectativas rígidas ni defensas, permitiendo que los acontecimientos simplemente sucedan y aceptando que es muy poco lo que en ocasiones se puede hacer. Aceptar esta condición es un proceso que toma tiempo, pero es una forma muy valiosa de aprender de nuestros miedos.

 

Necesitamos una sociedad sana, con gente capaz de convivir entre sí, para que los más pequeños aprendan a no tener miedo, y por lo tanto, enseñarles que este mundo es seguro, a pesar de todo. Cuando el miedo se encuentra con el amor sano y seguro, aprenden a convivir, a aceptarse y a respetarse.

RABIA

 

La rabia es considerada la emoción auténtica más intensa en el ser humano. Auténtica porque no es aprendida, es espontánea y se nutre de necesidades insatisfechas por la pérdida de control frente a diversas situaciones de la vida. La rabia no es buena ni mala pero dependiendo de cómo sea canalizada, esta emoción puede manifestarse como agresión, frustración, hostilidad, y desencadenar comportamientos negativos de los cuales las persona se retractará más adelante. Como seres humanos debemos saber que la misma existe en nuestras vidas teniendo el compromiso personal de identificarla y reeducar las manifestaciones de la misma.

CULPA

 

La culpa es un sentimiento aprendido que interiorizamos desde nuestra infancia, cuando nuestros cuidadores principales intentan enseñarnos las normas. Viene principalmente de experiencias en las que hemos hecho o dejado de hacer algo, o en las que hemos dicho, o dejado de decir algo.

 

Es posible diferenciar la Culpa Sana de una que no lo es. La culpa sana es la que nos sirve de señal para darnos cuenta si estamos evadiendo la responsabilidad de algo que afecta negativamente a otros. La Culpa No Sana es la que nos roba el presente, nos mantiene atados al pasado y asustados con respecto al futuro. El individuo se constituye en su propio tribunal por lo que se siente solo y desamparado; esta culpa ocasiona angustia, inseguridad, inestabilidad emocional, sentimiento de dependencia, vergüenza, rabia, tristeza y depresión.

EL PERDÓN COMO HERRAMIENTA DE RECUPERACIÓN EMOCIONAL

 

Perdonar es el Proceso de integrar una situación que nos causa dolor y angustia dentro de nuestra historia personal, de forma que esta sirva para nuestro aprendizaje y desarrollo; a fin de que podamos disfrutar la plenitud de nuestra vida. Es reencauzar nuestra energía emocional en el presente y futuro, en vez de dejarla fija en el pasado. Es darle más valor a la personas que nos han brindado su apoyo, estímulo y aprecio, que aquellas que nos hicieron daño. Es retomar el protagonismo de nuestra historia personal, en lugar de darle el rol principal a las personas o situaciones que necesitamos personar.

 

El primer beneficio del perdón es que nos libera del dolor, la angustia, la rabia y la impotencia ante el hecho o persona que nos hizo daño. Al hacer esto, recuperamos el control de nuestras emociones, pensamientos y acciones, y por ende, podemos enfocar nuestra atención en nuestro propio crecimiento y desarrollo personal. Cambia nuestras percepciones de los acontecimientos, y al hacerlo, nos facilita encontrar nuevas oportunidades de hallar plenitud y felicidad en nuestro ahora. Y el principal es que nos permite elegir nuevas respuestas ante lo ocurrido, y al hacerlo, nos otorga el poder de transformarnos de víctimas de las circunstancias, a héroes de nuestra historia.

 

Perdonar es un proceso, no una varita mágica o una pastilla milagrosa. Si las heridas son muy profundas, el proceso de perdón deberá ser igualmente profundo y uno debe tomarse el tiempo que sea necesario para sanar.

 

El perdón necesita que recordemos, pero dándole una nueva perspectiva a las memorias, en las cuales nos trasformemos en los héroes de la historia. Una historia que no se quede únicamente en el capítulo de cómo fuimos lastimados o dañados, sino cómo, a pesar de ello, nos reinventamos a nosotros mismos y superamos los límites que otros nos impusieron, y en donde transformamos el mal recibido en el impulso para hacer nuestro propio bien.

 

En realidad, el perdón no significa tolerar la injusticia, ni fingir que las cosas van bien cuando no es así. En él se requiere mucha sinceridad con nosotros mismos y un verdadero compromiso de trabajar con nuestras emociones y trasformar nuestra realidad. Y si en ese examen reconocemos que una relación nos está deteriorando nuestra autoestima, debemos asumir la responsabilidad de amarnos y protegernos a nosotros mismos.

 

…No hay luz sin sombra, ni totalidad psíquica exenta de imperfecciones. Para que sea redonda, la vida no exige que seamos perfectos sino completos; y para ello, se necesita la “espina en la carne”, el sufrimiento de defectos sin los cuales no hay progreso ni ascenso.

C.G. Jung, Sueños

RECOMENDACIONES PARA EL DUELO

 

La tristeza que nos invade cuando enfrentamos la pérdida de un ser querido, es tal que generalmente optamos por un código de silencio; en lugar de ello, sería preferible intentar canalizar nuestros sentimientos de una forma positiva, lo cual generalmente no es fácil. He aquí algunas sugerencias que pueden ayudarle en el proceso de recuperación.

 

– Evite el silencio. No se encierre en su dolor. Hay muchas personas ansiosas de compartir con usted y apoyarle, pero para eso requieren que usted exprese sus sentimientos. Cualquier sentimiento que usted experimente es válido, y por lo tanto, siéntase en libertad de expresarlo.

 

– No se encierre en sí mismo. El sufrir callado no le beneficiará en nada. Acuda a sus familiares, amigos y seres queridos; rodeado de apoyo y cariño se sentirá más fuerte.

 

– Permítase algún tiempo solo con usted mismo. Muchas gente querrá acompañarle y a veces, involuntariamente, podrán abrumarlo con tanta atención. Recuerde que hay una diferencia entre sumirse en la soledad y tener un tiempo de privacidad.

 

– Ayude a otros. Cuando se sienta lo bastante fuerte como para compartir su pena con otros, usted podrá convertirse en un apoyo para personas que atraviesan una situación similar. Una manera hermosa de hacerlo es organizar o participar en grupos de apoyo.

 

– Busque ayuda especializada. Es muy probable que usted sienta que solo no puede salir adelante o que su proceso de recuperación no avanza a un ritmo deseable. Recuerde que hay personas con formación especializada que están dispuestas a ayudarle. Consejeros, psicólogos, orientadores, sacerdotes, psiquiatras. 

 

– No subestime el dolor de los menores. Los niños y adolescentes generalmente tienen formas distintas para expresar su dolor. Además, si tiene niños o jóvenes a su alrededor, al verlo sufrir a usted, ellos se permitirán expresar sus sentimientos. Hable con ellos, dígales que está triste y déjese querer.

 

– La vida continúa. Siéntase feliz por la oportunidad de seguir viviendo. Por difícil e injusto que parezca trate de recordar que la muerte es un hecho inevitable que a todos nos afectará. No sabemos en qué momento nos encontrará, de manera que oblíguese a hacer de cada día, para usted y para los que rodean, una experiencia valiosa

 

– Al principio no te fuerces a comer más de lo que te apetezca.

– Trata de hacer ejercicio físico regular: pasear, correr, nadar, andar en bici… te ayudará a relajarte.

– ¡Ojo! al café, te pone más nerviosa y te da más angustia; ¡cuidado con el alcohol!, puede llevarte a la depresión; controla el tabaco, se puede convertir en un problema serio; y utiliza los medicamentos razonablemente, si tienes dudas al respecto consulta con tu médico de familia. 

– Procura llevar una vida lo más equilibrada posible, donde tengas un tiempo para el reposo, el trabajo, y la reflexión o la oración si eres creyente.

– Sé muy paciente contigo misma; recuerda que lo que te ocurre es normal en tu situación, aun cuando a menudo te encuentres desbordada y desorientada.

– Intenta mantener el contacto con los que te quieren: familiares, amigos,… y si por tu dolor te habías apartado… vuelve poco a poco a relacionarte con ellos; es importante tener familiares y amigos con los que puedas hablar, te ayudarán.

– No te importe volver a contar lo que ocurrió, habla de cómo falleció…, de lo que sentiste, lo que hiciste…

– Revisa los recuerdos de tu vida en común, los buenos… pero también los malos, te aliviará.

– Ten presente que tu dolor es único, es tuyo, y por lo tanto no es comparable; no midas, pues, lo que progresas comparándote con otros, no sirve.

– Permítete llorar, el llorar profundamente alivia de verdad, es un desahogo y una “salida” a tu dolor acumulado.

– Cuando te venga la culpa, reflexiona… y repasa lo que hiciste, “hice esto, y lo otro, y lo de más allá…”, ¿de verdad piensas que podías haber hecho más de lo que hiciste…?

– El luto interior lleva su tiempo y las emociones van y vienen, y a veces -como decíamos antes- a golpes, ve a tu ritmo.

– Quiérete y no seas muy crítica contigo misma, insistimos, tómate tu tiempo.  

– Busca sostén tanto dentro como fuera de la familia; tus familiares son seres humanos y tienen sus limitaciones, piensa que probablemente cada uno tenga lo suyo, para ellos era su hermano, su padre…

– A muchos se nos ha educado para ser independientes y nos cuesta pedir ayuda, pero todos la necesitamos; solicita ayuda y acepta la que se te ofrece.

– Te aseguramos que llegará un momento en el que tu vida volverá a encarrilarse, pero también te decimos que nada será igual, hay un antes y un después, y por eso te recomendamos que busques nuevas maneras de hacer las mismas cosas que antes hacías y que hagas cosas diferentes, piensa que ahora siempre hay alguien que te puede ayudar desde el otro lado.

– Permítete volver a vivir.

¿CÓMO EXPLICARLE A LOS NIÑOS? 

Los cuentos son una excelente manera para que lo entiendan. Aquí te dejo uno de los mejores cuentos infantiles relacionados al Duelo. 

 

 

“Buscando Estrellas”

de Pedro Pablo Sacristán

Carlos había oido a su abuelito contar aquella historia muchas veces:

“-El alma de cada uno de nosotros es un bicho inquieto. Siempre está buscando estar alegre y ser más feliz. ¿lo notas? esas ganas de sonreir, de pasarlo bien y ser feliz, son la señal de que tu alma siempre está buscando. Pero claro, como las almas no tienen patas, necesitan que les lleven de un sitio a otro para poder buscar, y por eso viven dentro de un cuerpecito como el tuyo y como el mío..
– ¿Y nunca se escapan?- preguntaba siempre Carlos.
– ¡Claro que sí!- decía el abuelo- Las almas llevan muy poquito tiempo dentro del cuerpo, cuando se dan cuenta de que el sitio en el que mejor se está es el Cielo. Así que desde que somos muy pequeñitos, nuestras almas sólo están pensando en ir al cielo y buscando la forma de llegar allí.
– ¿Y cómo van al cielo? ¿volando?
– ¡Pues claro! – decía alegre el abuelito.- Por eso tienen que cambiar de transporte, y en cuanto ven una estrella que va al cielo, pegan un gran salto y dejan el cuerpo tirado.
– ¿Tirado? ¿Y ya no se mueve más?
– Ni un poquito. Aquí decimos que se ha muerto y nos da pena, porque son nuestras almas las que dan vida a los cuerpos y hacen que queramos a las personas. Pero ya te digo que son bichos muy inquietos, y por eso en cuanto encuentran su estrella se van sin preocuparse. Muchas almas tardan mucho tiempo en encontrarla, ¡fíjate yo qué viejecito soy! Mi alma lleva buscando su estrella muchísimos años, y aún no he tenido suerte. Pero algunas almas, las que hacen los niños más buenos o los mejores papás, también saben buscar mejor, y por eso encuentran su estrella mucho antes y nos dejan.
– ¿Y yo tengo alma? ¿Está buscando su estrella?
– Sí Carlitos. Tú eres tu alma. Y el día que encuentres tu estrella, te olvidarás de nosotros y te irás al cielo, a pasártelo genial con las almas de todos los que ya están allí.
Y entonces Carlitos dejaba tranquilo al abuelo y se iba alegre a buscar una estrellita cerca del río, porque en toda la pradera no había mejor sitio para esconderse.”

Por eso el día que el abuelo les dejó, Carlos lloró sólo un poquito. Le daba pena no volver a ver a su abuelito ni escuchar sus historias, pero se alegraba de que por fin el alma del abuelo hubiera tenido suerte, y hubiera encontrado su estrella después de tanto tiempo.
Y sonreía al pensar que la encontró mientras paseaba junto al río, donde tantas y tantas veces había buscado él la suya…

“LAS PERSONAS MUEREN DOS VECES; LA PRIMERA ES SU MUERTE FÍSICA Y LA SEGUNDA ES LA ULTIMA VEZ QUE SON NOMBRADOS”

Gustavo Minder

Gustavo Minder

Psicólogo Clínico
Director Neltume Centro

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